domingo, 12 de abril de 2015

Lima la humilde, la bella

http://www.brendansadventures.com/paragliding-the-coast-of-lima/
Lima desde un parapente (Foto Brendan Von Son)

Lima es una ciudad de diez millones de habitantes fundada en 1535 a orillas del Pacífico, que tiene una única línea de metro. En ella conviven los rascacielos con las casas bajas de concreto (cemento) y las cuasichabolas. Acumula la tercera parte de la población peruana. Así que hay dos Limas, una de rascacielos y pisco sour, otra de casas bajas e Inka Cola, un refresco amarillo de hierba luisa que compite allí con la Coca-Cola. Ni que decir tiene que me quedo con la Lima humilde.


El tráfico es caótico. Si pensaba que en Bogotá la gente conduce arriesgando mucho y de mala manera es porque no había estado todavía en Lima. Aquí es peor. Se conduce apurando al milímetro y haciendo pirulas continuamente. La manera normal de incorporarse a una calle de dos carriles en un cruce es meter el coche en medio y ya frenarán. Lo bueno es que no se enfadan, no pasa nada, muchos conductores no pitan.

http://www.aaronroth.net/2014/05/27/when-to-cross-the-street-immediately/

El cielo está casi permanente nublado pero nunca llueve. Como mucho, cae una llovizna muy suave que casi ni moja la ropa. Por eso, se distingue al turista de inmediato porque es el único que lleva paraguas. La humedad es altísima, llega al 99 % en ocasiones y se mantiene todo el año en torno al 80 %, lo que hace que el calor sea sofocante aunque la temperatura máxima oscila entre los 18 ºC y los 26 ºC. No hay calefacciones, sí aires acondicionados muy fuertes, peligrosos para la garganta y los coches llevan siempre las ventanillas bajadas.

El puerto de Lima se llama el Callao, a 15 km de la capital. Hay una provincia y una ciudad con ese mismo nombre y al oírlo, al verlo en los indicadores el que viene de Madrid se siente en casa porque ¿qué hay más madrileño que la céntrica Plaza de Callao?

Es una ciudad peligrosa. La seguridad es un tema de conversación. Hay algunos barrios seguros, como Miraflores, San Isidro y el centro histórico, pero siempre hay que andar con cuidado. No se debe coger un taxi en la calle, hay que llamarlo desde el hotel.

He estado en Lima sólo dos días y tres noches, trabajando. Sólo he podido ver el centro de noche. Calles anchas abarrotadas de gente, enormes plazas cuadradas y fachadas decoradas. Las calles más céntricas, alrededor de la Plaza de Armas, conservan palacios señoriales del tiempo del virreinato con enormes balcones cerrador por celosías en los que la clase alta veía la calle sin ser vista. Son maravillas de madera noble, barnizados y conservados con mimo, algunos de dos pisos. Quedan unas cuantas docenas, pero dicen que llegó a haber miles.

Así son los típicos balcones limeños


La Fotografía Central, en la calle Jirón Carabaya


Balcones de dos pisos en la Plaza de Armas


Joyas de madera, primorosamente decoradas y mantenidas


Catedral de Lima y Primada de Perú, de estilo neoclásico, dedicada
a San Juan Evangelista y fundada por Francisco Pizarro

Detrás de la imponente Plaza de Armas y de la magnífica catedral hay un puente que cruza el río Rimac y lleva a la Lima humilde de casas bajas, balcones polvorientos, puestos en la calle de comida barata, delicioso pollo a la brasa y gente de cara colorada.

La Lima humilde


Aquí tembién hay un pasado de miradores coloniales

Hay mototaxis de tres ruedas, en los que se puede empaquetar una familia entera de cinco personas. Recuerdan a los Biscooter e Isettas, los microcoches españoles de la posguerra, pequeños y ruidosos.

El mototaxi peruano nació hace 20 años en Iquitos

Tuve ocasión de degustar en Tanta la espléndida cocina peruana, una de las más apreciadas del mundo desde que el chef Gastón Acurio, hijo de un exministro peruano, abrió el mítico Astrid & Gastón en 1994 y descubrió al mundo las delicias de esa gastronomía. Es tan variada y mestiza que tiene cerca de 500 platos típicos nacidos de la fusión de cocinas: española, cantonesa, andina, africana...Una sinfonía de ají, camote, papa, lúcuma, achicote, chirimoya, maíz y una larga lista de ingedientes autóctonas de sabores sorprendentes, ácidos y suavemente picantes.

Y por último, no se puede hablar de Lima ni de Perú sin hablar de la música. Ese país tiene una riqueza de música folclórica y una variedad fascinantes. Brisas del Titicaca es el nombre de una asociación cultural en Héroes de Tarapacá 168, un buen lugar para escuchar lo mejor de la música tradicional peruana.

El cajón flamenco procede de Perú, la música negra peruana (sí, hay negros en el país, aunque se les vea poco) es sensacional, la música de los pueblos de arpa y violín es una delicia, los bailes tradicionales, como el de las tijeras, son asombrosos y qué decir de la canción nacional por excelencia, La flor de la canela, el vals de Chabuca Granda, dedicado a la elegancia de una dama negra que vivía al otro lado del puente, en el barrio pobre de la capital.



Poca gente sabe de la prodigiosa voz de una soprano peruana de los años 50, Yma Sumac (Qué linda), bella y exótica, con una voz única que cubría algo más de cinco octavas. Podía cantar desde el registro de un barítono hasta más allá del de una soprano sintiéndose cómoda.


La música folclórica peruana es todo un mundo, diverso y rico, lleno de matices y variaciones. Hace algún tiempo tuve la suerte de poder ver Sigo siendo, un estupendo documental sobre los músicos y la música de ese país.

 

Eso es Lima, la única capital que tiene nombre de fruta, tráfico, desigualdad, un clima húmedo, historia, pasado colonial, melodía, mezcla, gastronomía, música y una gente amable y acogedora.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 22 de febrero de 2015

Bogotá, el corazón verde


Bogotá desde el hotel

Bogotá, la capital de Colombia es un monstruo de casi nueve millones de habitantes y casi 30 kilómetros de diámetro, sin metro, en la que la palabra que más veces se oye pronunciar en la calle es trancón (atasco). Un gigante a 2.600 m de altitud sobre el nivel del mar, plagado de rascacielos que sobresalen entre casas pobres de unas pocas plantas, rodeado de verdes montañas cubiertas de bosques. Esa primera foto que se ve está hecha desde la ventana de la habitación de mi hotel y resume la primera impresión.

El tráfico en la ciudad es caótico y muy agresivo. El que crea que conducir en Madrid es una tarea de alta tensión, que coja un coche en la capital colombiana y verá lo que es bueno. Si aquí conducimos al centímetro, allá lo hacen al milímetro. Cuando el vecino mete el morro del coche en una bocacalle para colarse, la reacción instintiva es acelerar a toda mecha. Coger un taxi es un deporte de riesgo.

Hay un santuario muy especial, Monserrate, en la cima de una colina de 3.152 m, más de mil meros de altura que se levantan cerca del dentro de la ciudad como un balcón privilegiado. Se sube en teleférico o en un funicular que parece un ascensor, porque asciende casi en vertical, y las vistas desde arriba son en verdad impresionantes.

Vista desde Monserrate

Toda la ciudad, amplia extensa, jalonada de rascacielos se extiende a los pies del viajero. Con unos prismáticos se puede jugar a encontrar el hotel en un puzzle abigarrado de manzanas y casas. A un lado de la montaña, la interminable ciudad, al otro, montañas completamente tapizadas de tupida jungla. El santuario es magnífico, grandioso y encaramado en la cima de la colina resulta imponente.

Santuaro de Monserrrate

Pero el auténtico centro de la ciudad es la Plaza de Bolívar, en el barrio de La Candelaria, un enorme cuadrilátero flanqueado por la catedral, el Congreso, la Corte Suprema de Justicia y el Palacio Liévano, sede de la alcaldía.

Plaza de Bolívar (CC-BY-SA Rikimedia)

Allí pueden verse guanacos con sillas de montar para que los niños se hagan fotos, puestos de comida ambulante, una ruidosa manifestación de hinchas del equipo de fútbol Unión Magdalena pidiendo que el Alcalde les deje jugar en el estadio municipal y gente de todo tipo y condición paseando y haciendo fotos.

 Un guanaco mamando en la Plaza de Bolívar

Un puesto de picada (plato de verdura y carne frita)
en la Plaza de Bolívar, al fondo, el Palacio Liévano

La comida es buena y barata para un español, se come por cuatro o cinco euros con postre, bebida y platos de lo más sabrosos. El plato más típico es el ajiaco, una deliciosa sopa muy consistente con tres tipos de patata, pollo, alcaparras y crema de leche. Una maravilla que suele ir acompañada de una mazorca de maíz, aguacate y yuca. Otros platos tienen nombres tan evocadores como sobrebarriga, bandejita paisa o picada. La picada es una mezcla de costilla, chorizo, pollo, arepa, yuca, patata, morcilla y banana, todo frito y en trozos.

Una cosa que llama la atención del visitante es que Bogotá es una ciudad muy culta, llena de librerías, de puestos en la calle que venden libros, con un buen número de universidades y bibliotecas. Los colombianos maneajn muy bien el castellano, tanto que el mejor español probablemente ya no se hable en Valladolid, sino en Bogotá.

Por la Plaza de Bolívar pasa la Carrera 7 (las carreras van de Norte a Sur y las calles de Este a Oeste), la gran arteria que recorre el centro, atraviesa La Candelaria y llega hasta el distrito financiero, y es el alma de la ciudad. Los domingos se cierra al tráfico y se convierte en todo un espectáculo. Se llena de bicicletas, perros, niños con patines y paseantes, y según uno se acerca al centro, se puede encontrar casi de todo:

La Carrera 7 convertida en peatonal

Un hombre encaramado a un palo y sujeto de forma milagrosa que permanece allí arriba toda una mañana; barbacoas de carbones al rojo transportadas en una bicicleta o en un carrito de supermercado; postes con una percha y varios móviles sujetos con cadenas en donde se venden minutos de conversación a 100 pesos (4 céntimos de euro); 


 
Un hombre sujeto a un poste de manera inverosímil durante horas

 
Minutos de móvil a cien pesos

un doble de Michael Jackson haciendo el moonwalk; una lotería que usa conejillos de indias y pequeños barreños de plástico boca abajo con una abertura, la gente pone dinero encima de los barreños, se suelta a uno de los animalillos que, asustado, se mete en un barreñito y el que ha apostado allí, gana; puestos de fruta con miel cuyo nombre no recuerdo; vendedores de CD, libros, músicos callejeros, mendigos...una muchedumbre llena de vida y color, abigarrada y variopinta que se puede estar mirando horas y horas sin aburrirse.

La moneda es una fuente de sobresaltos continua para el viajero, porque un euro equivale a 2.700 pesos colombianos y al atribulado españolito se encuentra pagando 1.000.000 de pesos en el hotel, comiendo por 15.000 pesos y manejando siempre cifras disparatadas.

La seguridad es un problema sí, aunque no se siente ningún peligro andando por el centro de día, se aconseja no exhibir cámaras de fotos ni objetos valiosos, no aparentar ser un turista (cosa que resulta imposible), no tomar taxis en la calle, pedirlos en el hotel, y tener sentido común.

En fin, Bogotá es uan ciudad llena de vida, que bulle como un hormiguero, rodeada de montañas y frondosas selvas, con un Museo del Oro lleno de espléndidas piezas precolombinas y un Museo de la Esmeralda con piedras de precios inalcanzables. Una ciudad vital y bulliciosa, con corazón, en la que el trato de la gente es exquisito y pararse a hablar con cualquiera es un placer. Bogotá.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 20 de abril de 2014

Coimbra, ciudad antigua y universitaria

Una esquina en el casco viejo

Coimbra es una ciudad vieja, con solera, humedad y años, un poco sombría, con la dignidad de lo antiguo que tiene un estilo definido. Desde luego, es una ciudad elegante y con encanto.. Tiene calles estrechas, empinadas y empedradas con cantos, en el centro, y amplias calles en los barrios residenciales, siempre en cuesta, perfumadas de jazmín y azahar, entre chalets y palacios primorosos de tres plantas con puertas altas y estrechas estrechas.

 
Chalets que parecen palacios

Las puertas son estilizadas, altas y estrechas

Por una vez, el árbol invade el espacio del coche

Las aceras están jalonadas con árboles enormes cuyas raíces levantan el asfalto y no dejan aparcar bien a los coches. Por una vez parece que la naturaleza le ha ganado una batalla a la industria del automóvil.

Los edificios de apartamentos están decorados por fuera con azulejos, costumbre muy portuguesa, que produce a veces fachadas horrorosas y en otras ocasiones decoraciones muy bonitas. Es cursioso que una solución tan efectiva frente a la humedad no se utilice en otros países. En suma, es una ciudad vieja, de iglesias antiguas, conventos abandonadas y una universidad, antigua como pocas, todavía en funcionamiento.
      
El río Mondego, a su paso por Coimbra

Es una especie de capital de otros tiempos colonizada por la juventid que han traído estudiantes y erasmus de toda Europa. Tiene además un río enorme y ancho, el Mondego, que relaja los nervios de toda la ciudad y embellece cualquier vista. Como es natural tiene un puento moderno, que parece un arpa, muy estiloso y puentes centenarios que han visto pasar muchas aguas e innumerables días.
       
Un grupo de turistas descansando a los pies de una estatua
   
Las inolvidables calles de Coimbra

El viajero se encuentra muy  a gusto aquí, seguramente por que todo el mundo le sonríe, se come bien y barato en cualquier sitio, y cuesta beber beber un oporto delicioso o probar el estupendo licor de guinda, la ginjinha.  
    
Clavijas y remate del mástil de la guitarra de Coimbra

También se puede disfrutar del llamado Fado de Coimbra, que no tiene mucho que ver con el fado. Son canciones cantadas tradicionalmente por los estudiantes cuando iban a dar la serenata a las chicas del barrio. Se acompañan de una guitarra española de cuerdas de nylon y de la curios guitarra de Coimbra, un instrumento que recuerda vagamente a la mandolina.


Aquí podéis disfrutar de un buen ejemplo de esta música típicamente conimbricense, llena de sentimiento, sinceridad y a veces, nostalgia. 

Tiene monumentos asombrosos. La antigua universidad, un conjunto magnífico, que incluye la biblioteca joanina, del siglo XVIII, con decoración rococó y nada menos que cerca de 300 000 volúmenes, la capilla de San Miguel, barroca y bellamente decorada con azulejos, y una torre del siglo XVIII.
       
 
El conjunto de la Universidad de Coimbra


La impresionante biblioteca Joanina. Una familia de murciélagos
 se encarga de que no proliferen los insectos entre tanto papel.

El acueducto de San Sebastián, del siglo XVI, o la Catedral Vieja, una estupenda construcción románica del siglo XII con un retablo de estilo gótico flamígero (siglo XVI) y un maravilloso claustro románico-gótico, profusamente decorado y lleno de detalles en piedra.
       
La catedral vieja


 El claustro de la catedral, restaurado recientemente

       
Calles empedradas y cables sin tranvías

Un buen número de calles están empedradas, lo que le da un aire de antigua capital europea, reforzado por una red de cables que cubre el cielo, aunque ya no hay tranvías. Otra curiosidad es la forma de numerar los portales. Cada puerta tiene un número, aunque sea de la misma casa; parece que cada tres metros corren un número de portal, lo haya o no.

Así se alcanza en seguida el número 300 y el 400



Coimbra es algo así como la Salamanca portuguesa, con su personalidad gótica y manuelina, con más humedad, más vegetación y más árboles que la estepa mesetaria de Castilla. Una ciudad antigua y culta, señorial, llena de encanto y amenizada por la simpatía de los portugueses. ¿Cómo no enamorarse un poco de esta ciudad?
      
Coimbra, desde el otro lado del río

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Dresde, la perla del Elba


Hoy vamos a hablar de Dresde, la capital de Sajonia, un lugar mágico a orillas del río Elba. Es una ciudad amplia, de grandes plazas y anchas avenidas que han traído el horizonte dentro de la urbe. Sus calles adoquinadas están llenas de iglesias y edificios antiguos grandiosos, de piedra arenisca, blanca y a veces gris, por el mal de piedra. Una red de cables, que parece el sistema nervioso de la ciudad, la recorre de punta a punta: es el tendido del tranvía.
    
 

Y en el centro, el Elba, el anchuroso y magnífico río que pasa rápido por en medio de los palacios, bordeado de riberas verdes, de parques y árboles, con su corriente vertiginosa.
 

Dresde es una gran desconocida centroeuropea, una ciudad con tanto encanto como Praga, Viena o Budapest (por cierto, pasar por las cuatro urbes sí que puede ser un viaje de ensueño), pero con la suerte de que tiene sólo medio millón de habitantes y pocos turistas. Es casi una ciudad solitaria.


Nada más llegar me he llevado varias sorpresas. La primera, que es peligroso andar de noche por la calle admirando los edificios, porque circulan bastantes bicicletas, a toda velocidad y muchas no llevan luces. La segunda, encontrar cierta presencia española, el Banco de Santander, tiendas con el nombre en español (Preciosa) porque les parece más chic que los nombres alemanes, y en un escaparate de una librería los últimos libros de Juan José Millás, Javier Marías y Eduardo Mendoza, en castellano.

Y la última, y mejor sorpresa, ha sido oír desde lejos el «Ave María» de Gounod. Una soprano y un tenor la cantaban bajo los arcos de un edificio palaciego, el Gorgenbau, en un concierto improvisado y callejero, entre las sombras de la noche, sólo para la veintena de turistas que pasábamos por allí a las diez. Una maravilla.
 
 
El Gorgenbau, un edifico que conecta las caballerizas con el Palacio Residencial

Se trata de una ciudad templada, con máximas anuales en julio que no pasan normalmente de los 25º. Es realmente delicioso visitarla en el mes de agosto, en el que en Madrid se pasa con facilidad de los 40º.

La música ocupa en Dresde un lugar muy especial. Tiene una ópera estupenda, con una acústica que se ha hecho famosa, un edificio maravilloso y un programa muy notable.


La Semperopera fué levantada entre 1871 y 1878 bajo la dirección de Gottfried Semper, en estilo neobarroco decimonónico. Wagner fué su director musical y en ella se estrenaron óperas, entre otras, de Strauss (hijo), Wagner y Rubinstein. En la foto no se distingue muy bien, pero la entrada está coronada por una cuadriga de panteras.


El casco histórico está plagado de monumentos y edificios, una buena muestra del barroco sajón y algunas espléndidas muestras del estilo renacentista, construidos la mayoría durante el siglo XVIII.

 

La iglesia imperial (Horkifche), con una torre de 83 metros llena de filigranas, un montón de estatuas en el exterior y una curiosa planta oval, que hace que desde algunos sitios parezca muy ancha y desde otros, muy estrecha.

 

Temprano, por la mañana, parecía haber más gente en las cornisas y pináculos de la iglesia que en la plaza desierta a esas horas. Un buen grupo de estatuas miraban de hito en hito al viajero, completamente solo en la plaza.

  

El «Desfile de los príncipes», un monumental mosaico de azulejos de porcelana de Meissen de 108 metros de longitud, que representa los 35 miembros de la dinastía Wettin, acompañados de criados, escuderos, nobles y palafreneros.

 

El Palacio residencial, cuya primera torre se erigió en el 1200, con elementos que van desde el románico hasta el renacentista y el barroco.

 

Alberga una deslumbrante collección de joyas en miniatura, la mayoría debidas a la habilidad del mítico orfebre Johann Melchior Dingingler, como la increible «Corte del gran Mogol», una miniatura delicada y perfecta de 35 figuras.



Una orgía de brillos y colores realizada en oro, plata, 4909 diamantes, 160 rubíes, 164 esmeraldas, zafiros y unas cuentas piedras más, que costó más que un castillo de caza. Lo curioso es que no fué un encargo. Digingler la hizo por su cuenta, financiando la obra con préstamos, y cuando la tuvo acabada se la presentó a Augusto el Fuerte y le pidió 60.000 táleros, que el monarca le pagó sin regatear.

  

El Museo del Transporte, con una colección impresionante de locomotoras, trenes, tranvías, aviones, automóviles, bicicletas, motos...y una pareja de estatuas infantiles, simbolizando oriente y occidente, que bien merecen un montaje.


Y otros muchos puntos de interés, como la impresionante estatua dorada a caballo de Augusto el Fuerte (1670-1733), llamada el Jinete dorado (Golden Rider), elector de Sajonia y Rey de Polonia, nacido en Dresde, cuyo reinado coincidió con el periodo de mayor esplendor de la ciudad.


El espectacular edificio Yenidze (1908), antigua fábrica de tabaco turco, con una cúpula de vidrio rojo y una decoración fastuosa. Actualmente alberga oficinas y un restaurante árabe en la planta baja.

 
La lechería Pfund (1891), decorada con 250 metros cuadrados de azulejos de la época pintados a mano, que figura en el libro Guinnes de los récords como la lechería mas bella del mundo. Allí se puede elegir entre una gran variedad de deliciosos quesos del país.
  

Muchos personajes vivieron en esta hermosa ciudad, como atestigua, por ejemplo, una estatua muy realista del gran Dostoievski, que vivió aquí durante tres años y bautizó a su hija en la iglesia ortodoxa de la ciudad.

  

La estatua se encuentra a orillas del rio Elba, en lugar amplio, con jardines y un antiguo camino de sirga por el que se puede pasear y andar en bici.

 

La Iglesia ortodoxa de Dresde (1872) fué diseñada por el arquitecto Harald Julius von Bosse, un aleman de ascendencia rusa que también  levantó la iglesia alemana de San Petersburgo.

Y todavía queda algún recuerdo de la época socialista, de los 41 años en los que Dresde perteneció a la República Democrática Alemana, como este mural en el más típico estilo socialista:


Pero lo que destaca en la ciudad es la magnífica Frauenkirche, la Iglesia de Nuestra Señora, construida en piedra arenisca entre 1731 y 1743. Pero su historia es tan emocionante que vamos a resumirla.

 
El Palacio de Bellas Artes y la Frauenkirche

Durante la Segunda Guerra Mundial Dresde sufrió uno de los bombardeos nocturnos más espantosos que se conocen. Las fuerzas aéreas británica y estadounidenses descargaron 4000 toneladas de bombas incendiarias de fósforo, hoy prohibidas por las convenciones internacionales, poco antes de la capitulación nazi. Se dice que un bombardeo así sobre una población civil era innecesario. Los artefactos estaban pensados para atravesar los tejados y explotar en la planta baja de las viviendas. En el centro de la ciudad se alcanzaron temperaturas de más de 1000º, los materiales se fundían y el monstruoso consumo de oxígeno creó una fuerza de succión que arrrastraba a la gente por las calles hasta el fuego central. Se habla de unas 30.000 víctimas. La ciudad, que no era demasiado grande, quedó destrozada.

 

La Frauenkirche quedó arrasada y durante muchos años los gobiernos comunistas mantuvieron las ruinas intactas como muestra de la maldad de occidente. Pero los ciudadanos conservaron cuantas piedras y detalles de la antigua iglesia pudieron, soñando con reconstruirla algún día.


Y después de la caída del muro de Berlín, con un 75 % de donaciones y tras años de trabajo, se volvió a levantar la espléndida iglesia, en la que se pueden ver, como en un puzzle, algunas viejas piedras negras colocadas cada una en su sitio, entre las nuevas, de arenisca. A la entrada hay una impresionante estatua de Lutero.


Alguien muy cercano me contó cómo fueron los primeros días después de la inauguración en el año 2005. Había que esperar largas colas y, al entrar, era emocionante ver cómo se les saltaban las lágrimas a los más viejos del lugar, que hacía 50 años que no entraban en el templo.

Es una iglesia, luterana, única, barroca y con una fuerte influencia bizantina. De planta circular, es una iglesia muy vertical, estilizada y que sube hacia arriba, dominada por una enorme cúpula rodeada de cuatro pequeñas torres, que pueden pasar por minaretes residuales.


Y una gran cantidad de ventanales que inundan el interior de un raudal de luz. Por dentro es enormemente luminosa (vale la pena visitarla en un día soleado), está decorada en delicados colores pastel, en los que predomina un suave verde, los dorados y el maravilloso interior de la cúpula, de color salmón.

Como templo protestante que es, carece de imágenes. Lo que unido a los asientos corridos de madera, los anfiteatros, palcos, una galería acristalada corrida a la altura del primer piso y el majestuoso órgano que hay encima del altar mayor hacen que parezca en cierto sentido un teatro de ópera más que una iglesia. Y la verdad es que la cúpula está hueca y actúa como caja de resonancia, lo que hace que la acústica sea extraordinariamente buena y que las campanas suenen de una manera muy especial. Por eso se la llama también la gran campana.

 

Es una iglesia maravillosa, una de las más bonitas que pueden verse y desde luego, las fotos interiores no le hacen justicia, por muy buenas que sean.

El Geogenbau, el Palacio Reidencial y la Iglesia Imperial

Se dice que Dresde es la Florencia del Elba, tambien se la llama la Florencia del Norte, y desde luego ha tenido vínculos culturales con Italia, aunque más bien con Venecia. La madre de Casanova fué actriz en el Teatro de la Corte, su hermano dirigió la Academia de Arte y el mismo Casanova vivió en la ciudad cierto tiempo y murió en un castillo cercano. Además, una de las más famosas vistas de la ciudad se llama la vista de Canaletto y quedó definida en un grabado del pintor veneciano.


Vista de Canaletto (1752)

En resumen, es una ciudad de ensueño, llena de tesoros, bellos edificios, música e historia. Una urbe tranquila y amplia, muy desahogada, en la que es una gozada dar largos paseos o alquilar una bicicleta. Vale la pena visitar Dresde.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.